Tenía tantos... verdes,
azules, grandes, pequeños, cercanos, lejanos, astrales, lúcidos,
prohibidos, eróticos, amarillos...
Tuvo que construir un
palacio con una inmensa sueñoteca llena de todos ellos
y se dedicó a ordenarlos.
Puso arriba los
inalcanzables, justo al lado de las utopías y encargó una escalera
para que aunque no los alcanzase, no perdiera la esperanza de poder cogerlos algún día y poder así seguir soñándolos, hizo
estanterías de acero para los pesados, y en una de algodón colocó
los ligeros, puso los azules junto a los amarillos porque le parecía
una bonita combinación, detrás de una esquina puso los eróticos y
los más íntimos, para ir a buscarlos a escondidas; junto a un
televisor puso los de kurosawa, así podría verlos alguna noche, los
premonitorios los dejó a mano, que nunca se sabe cuando se van a
necesitar, y los prohibidos los repartió entre todos los demás para
ir encontrándoselos de repente, y darse el placer morboso de
soñarlos. Los de verano los puso junto a la ventana, recogió los
pedazos de los rotos y los dejó en la mesa, porque aún no tenía
pegamento, pero algún día tendría que recomponerlos; y todos los
hechos realidad los guardó en una caja de memoria porque no quería
extraviarlos...
había tantísimos...
siguió y siguió ordenando sus sueños...
Los colocó todos poco a
poco, eran más de miles, millones, y estaba tan cansada que se quedó
dormida y se puso a soñar, sin darse cuenta que al día siguiente
tendría que ordenar todos los sueños, que en ese preciso instante,
la llevaban volando al mismo sitio donde se encontraba, el palacio de
los sueños.